Un sol muere, renace y se fuma un puro sentado en el sillón

Abre la puerta y al encender la luz de la entrada una mancha parecida a la de un gato negro huye. Le sorprende la rapidez con que el animal lo ha identificado como no conocido.
Mira debajo de la cama y saluda a la sombra con ojos que se agazapa en el rincón más oscuro. No hay respuesta, no hay intención de diálogo.
Fuera, en la calle, es Nochebuena. Él rellena la regadera, da de beber a las plantas, aprovecha para echar agua al cacharro del gato, comprueba que quede comida. Al sacar la bolsa el gato se acerca, pero sigue sin fiarse. Su vecina celebra las fiestas en alguna playa lejana con mucho sol, él espera a que sea la hora de cenar para irse a casa de sus tíos a celebrar. No le apetece.
Sale a dar un paseo. Recibe una llamada. Es algo importante, no puede olvidarse de pasar por los chinos y comprar azúcar moreno.

Hoy es un día como cualquier otro, pero sin clientela a partir de cierta hora. Da igual, ella abre la puerta como siempre.
Enciende la radio.

En la acera un negro vende artículos de contrabando a los apresurados transeúntes que buscan regalos de última hora.
Fuma tranquilo apoyado en el muro. Las caracolas de su cigarrillo ascienden en el aire dibujando un letrero. Hace poco ha llovido y el suelo mojado refleja los colores de las luces de neón.

En la ventana de enfrente una oficina permanece iluminada. Se deduce la pantalla de un ordenador y la figura de un hacedor de trabajo retrasado.
El informe hay que acabarlo como sea. Teclea con fuerza.

Un taxi detiene la marcha y la puerta del coche se abre. Con cierta parsimonia la pasajera desciende y mira alrededor. Va vestida de fiesta y no sabe realmente en qué barrio está. Hurga en el bolso y saca un haz de luz que convierte la calle en el salón de una casa, donde alguien espera delante de una copa de vino con el teléfono en la mano, y con cara de haber recibido una llamada que no pretendía. Ella sube las escaleras, él lo recibe aún asombrado y le dice que se tiene que ir, que acaba de tener una conversación que llevaba años sin esperar.
Ella se ofrece a acompañarlo y ambos salen camino al aeropuerto, donde una persona espera sin saber bien adónde ir.

En la tienda irrumpe y pide dos botellitas de vodka barato. Ya no queda tabaco en ninguna parte, pero da lo mismo. Lo único que necesita es desfallecer delante de la gala de Navidad televisiva de turno y no pensar en lo solo que está en esa maldita ciudad tan lejos del puerto.
Gruñe a la tendera. Esta grita tan fuerte que el contrabandista se asoma a la puerta y le sonríe. El futuro borracho paga arrepentido y se marcha.

Algún día terminará de contar las monedas.
Hay un encuentro inesperado.
Una sonrisa.
Una llamada de aliento.
Una explosión en algún rincón de la galaxia.
O mucha gente alegre.

2009 Ramón B. Steiner

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