PIN

27Oct10

Hace mucho que no practico. Antes solía ser más fantasioso, intentaba aplicar la creatividad a mi día a día y modificarlo a mi antojo para hacerlo más mágico, por definirlo de alguna manera. El problema, quizá, que acarrea esto es que si uno tiene tendencia al lloriqueo o tristeza y se deja llevar, acaba en una especie de bola acolchada de la que no puede salir. Y me he cansé de todo eso.
Pero creo que mi forma de paliar dicho efecto ha causado otro problema.: me he centrado tanto en el escepticismo, en lo real, en lo ácido, en lo crítico, que he eliminado la magia completamente. Es algo que viene muy mal para escribir porque, si ya de por sí tengo pocas cosas que contar, ahora mucho menos; la realidad a pelo no suele ser muy literaria.
Acabo de volver de Madrid y he traído conmigo un libro que ya había leído hace un tiempo, para dejárselo como lectura de metro a Auri. Es un ejemplo claro de lo que pasa cuando dejas que la literatura traspase el espejo y penetre en tu vida (aunque siempre se puede entender al revés): Los autonautas de la cosmopista. Julio Cortázar. (Aquí lo tenéis en versión pdf pirata,  lo que dure el enlace.)
Echándole una lectura por encima, he recordado que es uno de los mejores libros que he  leído en mucho tiempo, o, al menos, es uno de los que más me ha calado en los sentimientos. Me entró tanto en mi realidad, que lloré con el párrafo final (me guardo el spoiler).
Entonces, decido cuáles son mis objetivos en la vida, en la madurez que me tiene que llegary analizo mis envidias. Obviamente siempre estarán mis padres como referencia, con todas sus cosas buenas y todas las malas y trato de librarme de ellos o intento acaparar todo de ellos, y busco otros referentes, otras partes a las que mirar.
Al final, ¿qué es lo que envidio? ¿Qué es lo que yo no tengo y me gustaría poseer?
El optimismo vital y sentido del humor de la literatura y figura pública de Kurt Vonnegut, la capacidad de fascinación de Julius Shulman[1] en su obra y persona, la literatura llevada a la vida de Julio Cortázar, la creatividad deslumbrante de casi todos los dibujantes que he conocido y, en definitiva el optimismo aplicado al arte y a la vida.
Optimismo–>Sorpresa–>Creatividad.
Siempre tiendo a escribir cuando estoy triste, o, digamos, el estado de agitación mental que me impulsa a crear me suele aparecer en momentos de sumo lloriqueo o de falsa trascendencia vital, con lo que uno se acaba poniendo demasiado profundo; momento que trato de difuminar con sentido del humor, sin mucho éxito, porque la gente que me lee no llega nunca a entenderlo así. O sea, me río de mis propios lloriqueos, los menosprecio, pero sin éxito a la hora de transmitirlo.
Ese momento de angustia es una sensación muy explosiva que te impulsa a  crear cosas pero que dura muy poco. Esa es la razón, quizá, de que haya escrito siempre mucha más poesía (infecta) que prosa, y que me cueste tanto acabar las novelas.

Establezcamos una hoja de ruta.

Paso uno: asombrarse por todo.

Paso dos: maravillarse ante el milagro de la vida y de la humanidad y conseguir mantener el ritmo.

Paso tres: recuperar la magia, mezclándola con sentido del humor.

Paso cuatro: seguir sin tomarme en serio a mí mismo, pero de una forma más optimista y menos autodestructiva.

Y el momento mágico de hoy es este:

¡Atención!

Hace un mes abrí una cuenta en el Banco Postal francés. Aparte de un millón de cartas con una cantidad de documentos desmesurada, recibí una tarjeta de crédito y un número PIN para poder utilizarla.
Conociendo mi lentitud para memorizar números, arranque la parte de la carta donde se encontraba el PIN y la dejé encima de la mesa, con la intención de dejarla oculta durante un tiempo, hasta que a fuerza de usar la tarjeta, me entrara la contraseña en la cabeza.
Pasa un tiempo sin dinero que mover y el papelito reposa sobre la mesa en mi memoria. Hasta hoy, que he decidido aprendérmelo de memoria y destruirlo. Y, de repente, me doy cuenta de que llevo semanas sin ver el trocito de papel y trato de repasar mentalmente dónde he podido guardarlo.
Me he pasado toda la mañana vaciando cajones y buscándolo sin éxito.

Esta parte entra un poco en lo íntimo, pero hay que ser absolutamente realistas.

Me he sentado en el váter para defecar (creo que esto suena tan mal como decir cagar). El cuartucho es muy pequeño y yo tengo un poco de claustrofobia, así que cuando me siento a hacer mis necesidades (este eufemismo es aun peor) y estoy solo, dejo la puerta abierta. En la pared de enfrente hay un calendario, me he entretenido contando los días que quedan para que vayamos a visitar a Gaël en La Haya. Después he bajado la vista y he visto un trozo de papel muy pequeñito en el suelo. Lo he cogido para tirarlo y, al darle la vuelta, ahí estaba el puñetero PIN, pequeñito, solitario, esperando a que lo recogiera.

El duende que vive en mi casa tiene mucho sentido del humor, tendré que aprender de él también.


[1] Sergio me recomendó que no dejara de ver el documental “Visual Acoustics” sobre la obra del fotógrafo Julius Shulman. Yo, después de haberlo visto, recojo la recomendación y la aumento. ¡No os lo perdáis!

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One Response to “PIN”

  1. 1 Gael Hernandez

    Gael, defecar, cagar y hacer mis necesidades en la misma frase.. es para cagarse!!

    Asi me gusta, que cuentes los dias que quedan. Intentare llevarte a sitios donde te puedas inspirar..

    Beso


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