La cultura…

  Empiezo directo: ¿la cultura debe estar subvencionada? Mucho se puede hablar sobre el tema, pero, por supuesto, no hay una respuesta contundente.
En un mundo ideal, la cultura no tendría que formar parte de un mercado, no tendría que ser un objeto de consumo sino, más bien, una parte intrínseca al comportamiento de la sociedad, algo que estuviera ahí por el simple hecho de que interactuamos entre nosotros. Definir el concepto de cultura es algo un tanto extenso y anodino; no quiero entrar en esos fangos ahora. Quedémonos con lo que casi todo el mundo entiende por cultura, aquello a lo que tenemos todo un ministerio dedicado (en teoría): la actividad generada dentro de las artes y las ciencias.

 Empecemos por los contras, tanto de la gestión pública como de la privada.

Lo público: las subvenciones, en teoría, sirven para paliar la ineficiencia económica de algo que genera externalidades positivas pero que no es rentable económicamente para el sector privado. Pero, claro, que algo sea eficiente no significa que sea de buena calidad, o que esté bien hecho. Y el problema está que quien decide a dónde se destina el dinero, qué proyectos son de calidad o lo contrario, no se rige en la práctica por un sistema objetivo. El amiguismo, el clientelismo político, el tráfico de influencias son los verdaderos motores. El ejemplo claro lo tenemos en el cine español: a base de subvenciones, ayudas públicas y leyes que obligan al sector privado a participar en la producción, hemos conseguido una industria de cine que ni siquiera estrena la mayor parte del contenido que genera. Al año se hacen decenas de películas bajo el sistema de lo comido por lo servido, que solo sirven para que todo el que participe en ellas acabe yéndose a casa con algo de dinero en el bolsillo. Sí, así mantenemos a los técnicos engrasados y la industria no se cae por falta de actividad, pero eso mismo se podría hacer, siguiendo unos criterios de calidad diferentes u orientando el destino hacia otra parte (un ejemplo sería el sistema alemán que ha derivado gran parte de ese flujo hacia la producción de películas para televisión, mercado mucho más rentable y que no es imcompatible con la calidad.
Lo privado: aquí la cosa está muy clara, la rentabilidad está reñida con ciertas actividades culturales, por tanto los inversores tratarán de evitar a toda costa participar en proyectos no rentables y se centrarán en los que más dinero generen.
La tendencia, además, ha sido la de abandonar cada vez más los márgenes pequeños. Hace veinte, treinta, cuarenta años se compatibilizaba la calidad con bajos beneficios con las grandes producciones y sus ingresos extraordinarios. Pero, ahora, la moda es la de obviar la calidad e ir solo y exclusivamente hacia lo que más dinero reporte. Da igual que el producto sea pequeño, de calidad, esté dirigido a un nicho de mercado poco numeroso, pero no produzca pérdidas, ahora mismo, si algo no vende muchísimo más que mucho, no interesa.
Por no coger como el ejemplo el cine otra vez, voy a hablar de los videojuegos, sí, mucha gente no lo considera cultura en absoluto, pero se equivocan por completo. Dentro de ese mundo hay gente muy brillante que hace cosas interesantes hasta donde les dejan.
Hace un tiempo, cuando ese mundo no era algo tan grande como ahora, se creaban gran número de títulos y de bastante calidad. Los géneros estaban muy diversificados y casi cualquier pequeña compañía lograba que las grandes distribuyeran sus creaciones en todas las plataformas. Pero como en todos los sectores la norma del máximo ingreso posible se ha impuesto y por lo único que se apuesta es por todo aquello que haya generado anteriormente millones de ventas. La calidad de ha perdido por completo, y lo que antes eran historias y desarrollos bastante creativos se ha convertido en argumentos para encefalogramas planos.
Mirror’s Edge es un juego que salió hace un par de años. No es el mejor del mundo, la historia es un poco pobre y es bastante ingenuo, pero estaba hecho un por un pequeño equipo perteneciente a la gran Electronic Arts y había conseguido plantear ciertas innovaciones en el concepto del juego. No vendió si se compara con los grandes. La producción de una segunda parte se ha paralizado para destinar a todos sus participantes al desarrollo de la enésima franquicia de un shooter  que barrerá en el número de ventas.

¿Y qué hacemos?
Hay sectores que con un poco de ayuda y gracias a internet, pueden conseguir llegar a su pequeño nicho de mercado de forma eficiente. Gran parte de la literatura, supongo que el cine de menos escala, la difusión científica… Tarde o temprano los pequeño autores conseguirán distribuirse por ahí.

¿Pero qué pasa con aquellos proyectos que necesitan mucho dinero para ser llevados a cabo? Un videojuego, una película grande, cuestan mucho, muchísimo y, seguramente, acabarían generando algo de beneficio. Hay gente con muchas ideas en ese mundo que no consiguen desarrollar nada porque el sector privado no considera rentables sus proyectos. ¿No debería el dinero público destinarse a eso?

 Pero surge otra pregunta: ¿sigue existiendo el sector público? ¿Sigue habiendo alguien ahí al que le interese las externalidades positivas que genera la cultura? Mientras sean las grandes empresas de este país las que gobiernen realmente España, tendremos una sociedad analfabeta. Las clases medias y la cultura ya no interesan; pensar es peligroso.

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