Nada

Se ajustó el abrigo y cerró la cremallera hasta el final. Ahora la bufanda le apretaba tanto el cuello que tenía una ligera sensación de ahogo. Se puso el gorro, abrió la puerta del portal y tardó un par de segundos de más en decidirse a salir.
La nieve caía como una densidad implacable. Los copos se aposentaban sobre la tela del abrigo y tardaban unos segundos en derretirse. Se acordó cuando, de pequeña, salía con toda la clase a cazar nieve con cartulinas negras, para verla a través de una lupa.
Cristales mágicos. Le molestaba mucho lo rápido que se derretían.
Había un trecho largo hasta la boca del metro. Su casa era algo más barata por eso y por otras tantas razones, pero a ella le daba igual, prefería ahorrar el dinero para cosas interesantes. No se había puesto los guantes. Se llevó las manos a los bolsillos exteriores del chaquetón y no notó el bulto; se los había vuelto a dejar en casa. Trató de ocultar los dedos en la manga del abrigo, pero pronto tuvo que desistir; no le gustaba caminar con las manos en los bolsillos, le incomodaba para ir deprisa, pero no tuvo más remedio.
Cuando llegó aquí, la nieve le gustaba, era algo exótico que en su ciudad no ocurría salvo cada tres o cuatro años, y que implicaba siempre una novedad y algo divertido. La primera mañana que abrió las cortinas y descubrió el paisaje urbano cubierto de nieve sintió una gran alegría. Aquel día bajó a la calle con una sonrisa enorme, esperando compartirla con todos los demás habitantes de aquella extraña urbe. El blanco había vencido al gris, lo anodino había sucumbido a la luminosidad.
Pero su felicidad chocó de frente con el gesto taciturno de una ciudad que veía la nieve como una maldición caída del cielo. Lo que para ella era algo exótico, divertido y hermoso, para el resto de los habitantes de ese trozo de planeta no era más que una fuente inagotable de incordios y problemas.
Sin embargo, ella no se dejó amilanar por el ceño fruncido colectivo y permaneció todo el día con felicidad en la cara. Aquella noche la luna llena reposaba su luz sobre el blanco que reflejaba e iluminaba con fuerza la oscuridad prematura del invierno norteño.
Lleva años aquí y sigue disfrutando como el primer día, no se ha dejado convencer por la ciudad, pero hoy quizá el mal humor se aposenta en sus ojos.
Llegaba tarde, no podía andar deprisa, el suelo tenía hielo, le había salido un sarpullido en la frente, le dolía la tripa, había discutido con su madre por teléfono… No era su mejor día.
Bajó corriendo las escaleras de acceso al metro buscando el alivio del resguardo. Durante ese corto trayecto hasta el andén, se fue quitando varias capas del sistema de abrigo que se confeccionaba cada mañana; braga, capucha, gorro, primera cremallera, segunda… Se sentó a esperar la llegada del tren, y la tela del los leotardos le pinchaba poco. Sintió calor en las piernas.
Estaba sola. No había nadie más esperando. Sonó un aviso por megafonía. Una voz demasiado reverberada informa sobre un corte por obras en algún lado. Nunca entiende lo que dicen, pese a llevar tanto tiempo aquí.
Un ruido de cosas cayendo al suelo rebota por las paredes a través de la bóveda. Una sombra oscura cubierta de abrigos, bufandas y trozos de tela revolvía en las papeleras en busca de algo. En invierno el metro se convertía en refugio para todas las sombras de la ciudad. El frío del exterior es peligroso.
El montón de ropa gruñó algo desde la lejanía. Ella siguió mirando al frente fingiendo que no lo había oído. Movía el talón de un lado a otro apoyando el pie sobre la punta. Se puso un poco nerviosa. La sombra se acercó deprisa, balanceando toda la masa humeante y apestosa de harapos que llevaba encima. Llegó hasta ella con una velocidad increíble en comparación con la lentitud de sus pasos. Mirándola a la cara repitió el gruñido. Extendió el brazo mostrando la mano hacia arriba. Ella cerró los ojos y dijo que no con firmeza. Toda la fuerza que parecía proyectar la sombra se desvaneció, se arrugó, se deshizo. La masa de harapos se encorvó de nuevo y, rascándose con saña la poblada barba, prosiguió su camino hasta la siguiente papelera.
Llegaba muy tarde al trabajo. El vagón no estaba muy lleno y el tren traqueteaba, despacio, matizando el fin de la hora punta. Siempre que se le hacía tarde tenía la manía de mirar el reloj todo el rato. Sabía que no servía de nada, que era como mirar una olla hasta que el agua hierve, que nada iba a acelerar el transcurso del tiempo, pero no lo podía evitar y el movimiento acelerado de las agujas contrastaba con la cada vez mayor tranquilidad del deslizamiento de los vagones.
Con la oficina en el centro y no muy lejos de su casa, casi siempre iba andando porque en metro no había línea directa, y tenía que hacer demasiados transbordos. Pero ese día nevaba de tal manera y las aceras estaban tan congeladas que no había forma de caminar sin poner en peligro la verticalidad.
Tras un viaje siguiendo las agujas del reloj con nerviosismo, consiguió sentarse en su sitio de la oficina sin que casi nadie se percatara de su tardanza. El ordenador la esperaba con su pantalla negra, a la espera de convertir el día en horas laborales.
Pulsó el botón de encendido, observó el suceder de pantallas de inicio, escribió la contraseña desde la costumbre, como si sus manos estuvieran a decenas de años de distancia sin recuerdo alguno de las teclas que pulsan; al rato ya tenía todo a punto para comenzar. Le costaba pinchar sobre el gestor del correo. Movía el cursor de lado a lado de la pantalla seleccionando iconos o fragmentos de la foto de su pueblo que tenía de fondo de escritorio. Pero la única forma de que todo lo que quedaba de día pasara deprisa era arrancar lo más rápido posible. Nadie hablaba en todo el departamento. Ninguna voz sobrepasaba el murmullo continuo del sistema de climatización, de los ordenadores, de los teclados pulsados con dulzura. La impresora se sumó al concierto ambiental.
La bandeja de entrada no le escupió mucho trabajo. Buscó en Internet alguna canción para animarse y emprendió la tarea de reducir lo acumulado. No siempre era así, pero durante los dos últimos meses el trabajo que salía era más bien administrativo y muy tedioso.
Teléfono.  Mientras apuntaba todo lo que le decía una persona, a la que no había puesto cara nunca, que la llamaba desde la delegación española, creyó ver con el rabillo del ojo a la sombra del metro cruzando la puerta.
Un ruido sordo saca a todos del trance. La luces tiñen de amarillo el salón. Quizá una visión, un recuerdo, algo que en realidad no existe en este plano concreto. Recuerda su cara, su gesto, la barba pelirroja completamente sucia. Se lo imagina traspasando su barrera defensiva, esa protección que todos ponen al día, a la ciudad, a sus miserias; esa forma de no ver nada.
Un ruido sordo… Imagina.

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